Sheinbaum rompe el paradigma y se abre al fracking en busca de soberanía energética

La Presidenta Sheinbaum abrió el debate sobre explotar gas no convencional para reducir su dependencia energética de Estados Unidos, aun con posibles impactos ambientales.

Blanca Juárez y Romina Gándara | Ciudad de México, 12 de abril 2026 – 12:05 am (SinEmbargo).– ¿México debería explotar más gas natural, incluso el no convencional, aun cuando esto implique esquemas que —aunque sean mínimos— tengan impacto ambiental? El planteamiento para usar el fracking ya está sobre la mesa y con ello, la izquierda mexicana marca un punto de inflexión: pasar de una prohibición casi absoluta a una posible apertura impulsada por la necesidad y la soberanía energética.

En un contexto global donde la autosuficiencia en energía se vuelve estratégica, el Gobierno de Claudia Sheinbaum —la primera mujer Presidenta con una formación científica, vinculada al combate al cambio climático— enfrenta una disyuntiva que podría tener costo político y ambiental.

Durante esta semana, la Presidenta reveló que su Gobierno ya estudia el uso del fracking para la explotación de gas no convencional con el objetivo de reducir la alta dependencia de México de las importaciones provenientes de Estados Unidos. El planteamiento busca disminuir esa vulnerabilidad mediante el aprovechamiento de yacimientos —incluidos los no convencionales— ubicados en el Golfo de México, algunos a escasa distancia de Texas. No obstante, la viabilidad del proyecto sigue en análisis debido a sus posibles impactos ambientales.

“La pregunta es: ¿explotamos el gas no convencional? ¿Sí o no? ¿Por qué sí? Pues porque nos da más soberanía energética. ¿Por qué no? Pues porque tiene impactos ambientales”, declaró Sheinbaum el pasado miércoles, lanzando a la opinión pública un debate incómodo sobre soberanía energética y costos ambientales.

El rechazo al fracking e incluso cualquier técnica invasiva para el medio ambiente utilizada para extraer hidrocarburos que no pueden obtenerse mediante métodos convencionales fue uno de los pilares del Gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

“Dijimos no al fracking, no a la explotación minera a diestra y siniestra”, destacó López Obrador el 1 de diciembre de 2019.
En su compromiso número 75 de campaña y Gobierno, prometió: “No usaremos métodos de extracción de materias primas que afecten la naturaleza y agoten las vertientes de agua como el fracking”. Y si bien, aunque durante su sexenio se buscó frenar esta práctica, pues no se otorgaron nuevas concesiones e incluso se impulsó una reforma para prohibir este tipo de contratos por su impacto ambiental, la prohibición no se concretó.

En el Congreso permanecen al menos ocho iniciativas que buscaban prohibirlo, pero quedaron congeladas.

Sin embargo, la alta dependencia de México de la importación de gas natural desde Estados Unidos, agravada por el contexto global —marcado por políticas, amenazas arancelarias y constantes tensiones impulsadas por Donald Trump, así como por conflictos en Medio Oriente— ha elevado la urgencia de fortalecer la soberanía energética.

La propia Presidenta explicó que esa necesidad es la que la llevó a plantear la posibilidad de implementar acciones para explotar gas no convencional. No obstante, rechazó que se realice mediante fracking tradicional, y planteó el uso de nuevas tecnologías menos dañinas, aunque reconoció que, aun así, podrían generar impactos ambientales.

La discusión sobre si México abrirá o no la puerta al fracking ya no es sólo técnica o ambiental, es también un asunto de geopolítica y de seguridad, señaló en entrevista Armando Pineda Osnaya, profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Unidad Xochimilco.

No es una idea nueva
Lo planteado esta semana desde Palacio Nacional no es nuevo y menos partió a raíz de la visita, un día antes, de los directivos de BlackRock. Se trata de un plan que se ha analizado desde hace tiempo, pero que ha cobrado urgencia ante diversos eventos que han evidenciado la necesidad de México de fortalecer su soberanía energética.

Y es que la vulnerabilidad derivada de la dependencia del gas importado se ha acentuado especialmente desde el regreso de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos, debido a su volatilidad y constantes amenazas arancelarias.

No es casualidad que el planteamiento de incluso explorar la explotación de gas no convencional se haya reflejado desde hace un año. El 2 de abril de 2025, Trump anunció la implementación de aranceles recíprocos y universales, marcando un cambio radical en la política comercial de Estados Unidos, con un impuesto base del 10 por ciento a todas las importaciones.

Un día después, el 3 de abril de 2025, la Presidenta presentó la aceleración del Plan México 2024-2030, en el cual ya se incluía el análisis sobre la explotación de gas no convencional. En ese momento, explicó que se buscaba reducir la importación de gas desde Estados Unidos mediante el aumento de la producción nacional, considerando que este energético representa cerca del 60 por ciento de las fuentes para generar electricidad en el país.

El tema no es menor. Expertos han advertido que la dependencia de México del gas estadounidense es su “talón de Aquiles”. En abril del año pasado, un artículo de The New York Times, titulado “El talón de Aquiles frente a Trump”, señalaba que uno de los principales puntos de vulnerabilidad de México es su abrumadora dependencia del gas natural de Estados Unidos.

El texto citaba a un directivo de Rystad Energy, quien advirtió que una interrupción en el flujo de gas hacia México sería caótica. Incluso se planteó que esta dependencia es una de las razones tácitas por las que el Gobierno mexicano ha mantenido cautela frente a Trump.

Según el análisis, una interrupción en los envíos, incluso por un periodo breve, podría generar mayores estragos económicos que los propios aranceles, de acuerdo con especialistas del sector energético.

De acuerdo con información actualizada presentada por el Gobierno federal, cerca del 75 por ciento del gas consumido en México proviene del extranjero, y de ese total, aproximadamente el 80 por ciento llega desde Texas y el 20 por ciento desde California. Además, la mayor parte corresponde a gas shale, extraído mediante fracturamiento hidráulico, es decir fracking.

Esta dependencia, advirtieron funcionarios, implica riesgos para la soberanía energética y expone al país a eventos climáticos o decisiones externas fuera de su control.

Del gas que se consume en México, alrededor del 60 por ciento se utiliza para generar electricidad. Además, se prevé que en los próximos años aumente su consumo, impulsado por proyectos de Pemex en fertilizantes y petroquímica, lo que podría elevar la demanda en al menos 30 por ciento, según explicó la Secretaria de Energía, Luz Elena González.

La vulnerabilidad ya se ha evidenciado en eventos recientes. El 24 de marzo de 2025, habitantes de Campeche, Quintana Roo, Tabasco y Yucatán reportaron apagones. Al día siguiente, la Comisión Federal de Electricidad informó que los cortes se debieron a la mala calidad del gas natural, causada por un alto índice de humedad en el gasoducto Mayakán, derivado de una falla en la central de cogeneración Nuevo Pemex.

Otro antecedente ocurrió en febrero de 2021, cuando una tormenta invernal en Texas congeló gasoductos y provocó el corte del suministro hacia México. Esto dejó sin electricidad a 5.9 millones de usuarios en 23 estados y generó pérdidas por al menos 18 mil millones de pesos para la industria, según Canacintra.

Actualmente, en México se consumen alrededor de nueve mil millones de pies cúbicos diarios de gas natural, de los cuales al menos el 75 por ciento se importa, principalmente de Estados Unidos.

Esta dependencia también tiene origen en decisiones de los periodos neoliberales. De acuerdo con datos de la Comisión Nacional de Hidrocarburos y Pemex, la producción nacional de gas cayó 29.79 por ciento en una década: de 6 mil 532 millones de pies cúbicos diarios en 2014 a 4 mil 586 millones en 2024.

En contraste, las importaciones desde Estados Unidos crecieron de forma significativa en ese mismo periodo, de acuerdo con datos de la Energy Information Administration.

Este escenario deja a México expuesto a que, por razones políticas, climáticas o económicas, Estados Unidos reduzca o interrumpa el suministro, lo que evidenciaría aún más la vulnerabilidad energética del país.

Además, el contexto internacional refuerza esta preocupación. La guerra en Medio Oriente y las tensiones globales han evidenciado cómo la dependencia del gas puede convertirse en un factor de presión geopolítica.

El contexto global
La discusión sobre si México abrirá o no la puerta al fracking (extracción de gas del subsuelo mediante métodos contaminantes) ya no es sólo técnica o ambiental, es también un asunto de geopolítica y de seguridad, dice en entrevista Armando Pineda Osnaya, profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Unidad Xochimilco.

La guerra entre Rusia y Ucrania y luego la que Estados Unidos e Israel iniciaron contra Irán han reconfigurado el mercado global del gas y con ello, las condiciones de soberanía energética de varias naciones que dependen de otras para abastecerse de este energético básico, tanto en hogares como en las industrias.

Los riesgos de esas dependencias pueden entenderse con el caso europeo. Cuando estalló el conflicto armado ruso-ucraniano en febrero de 2022, Rusia abastecía el 45 por ciento del gas que utilizaban los países de la Unión Europea (UE), de acuerdo con datos del Consejo Europeo.

En mayo de ese año, se presentó el Plan RepowerEU “para poner fin a las importaciones de energía rusa y reducir su dependencia energética”. Pero hasta 2025, todavía le seguían comprando a Rusia el 13 por ciento de sus requerimientos.

En diciembre pasado, la Comisión Europea aprobó un reglamento que prohíbe la compra de gas natural licuado (GNL) a Rusia, el cual entrará en vigor de manera gradual desde el 25 de abril de 2026 hasta el 30 de septiembre de 2027. O incluso hasta el 1 de noviembre de ese año, si Europa no alcanza a almacenar el gas necesario para afrontar el invierno.

No obstante, el reglamento prevé que si “se producen acontecimientos repentinos e importantes que amenacen gravemente la seguridad del suministro energético”, la Comisión Europea puede levantar temporalmente la prohibición de importación de gas ruso.

En ese contexto, en marzo pasado, el Presidente de Rusia, Vladimir Putin, planteó que si Europa planea cerrar el suministro en uno o dos meses: “¿no es mejor parar ahora y afianzarnos en los países que son socios fiables?”. Esto fue interpretado por Europa como una amenaza, cuando todavía está acumulando el energético ruso.

Analistas han señalado que Europa está transitando de una dependencia del gas ruso a otra del gas estadounidense. Cuando dejaron de comprarle a Rusia, todo el bloque fue afectado, “Alemania en particular, porque es uno de los países más industrializados de Europa”, dice el profesor Armando Pineda. Entonces, Estados Unidos se posicionó como proveedor, “les mandaba el gas en barcos pipas y por ello, era mucho más caro. Eso encareció el costo de vida en esos países”.

Estas cifras muestran lo que señala el académico: en 2025, Estados Unidos suministró a Europa el 57 por ciento del GNL que necesitaba, según Kpler, una empresa de datos sobre energía y materias primas. En 2024, los precios del gas en Europa y Asia seguían por encima del nivel de 2019, de acuerdo con la consultoría Enerdata.

Esto ha sido utilizado por Donald Trump, Presidente de Estados Unidos, como herramienta política. En 2024, amenazó a Europa de aumentar aranceles si no le compraban más gas. “Le dije a la Unión Europea que deben compensar su tremendo déficit con Estados Unidos mediante la compra a gran escala de nuestro petróleo y gas. ¡¡¡De lo contrario, verán ARANCELES!!!”, escribió en la red social Truth Social, de la cual es propietario.

Más recientemente, en marzo de 2026, tras la negativa de España a permitir el uso de sus bases militares para una ofensiva contra Irán, Trump advirtió que podría cortar negociaciones con ese país, lo que incluiría el suministro energético.

Estados Unidos ha difundido cifras para fortalecer la narrativa de que su país es el más importante proveedor de gas. Según la Administración de Información Energética de ese país (EIA, por sus siglas en inglés), las exportaciones de gas natural licuado estadounidense aumentarán 152 por ciento entre 2022 y 2050.

La reconfiguración del mercado no sólo afecta a Europa. La ofensiva contra Irán en 2026 ha intensificado la competencia por el gas en Asia, particularmente en países como Japón, Corea del Sur y China.

Según la Unión Internacional del Gas (IGU, por sus siglas en inglés), estos tres países concentraron casi la mitad de la demanda mundial de gas natural licuado en 2024. Además, cerca del 90 por ciento del gas que transitó por el estrecho de Ormuz en 2025 tuvo como destino Asia, lo que los hace especialmente vulnerables ante “cualquier disrupción” en Asia Occidental (llamado Medio Oriente).

Su dependencia es estructural: Japón, Corea del Sur y Taiwán dependen casi por completo de las importaciones de GNL, mientras que China combina producción interna con importaciones por gasoductos desde Rusia y por vía marítima de otros países, según el Centro de Política Energética Global (CGEP, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Columbia. Esto implica que cualquier alteración en el suministro global impacta directamente en sus economías.

En este escenario, Europa y Asia compiten por el mismo gas disponible. De acuerdo con el centro de estudios Bruegel, gran parte del suministro “flexible”, el que se paga al contado, proviene de Estados Unidos y se dirige hacia los mercados que ofrecen mejores precios.

De hecho, desde la guerra contra Irán, algunos cargamentos de gas han comenzado a desviarse de Europa a Asia, donde la demanda y los precios han crecido, indica el CGPEP. Al mismo tiempo, la absurda decisión europea de eliminar el gas ruso reduce más la oferta mundial y profundiza la competencia. En este contexto, el debate energético en México no puede entenderse únicamente a nivel interno, sino como parte de un sistema global, dice el profesor Armando Pineda.

Los riesgos ecológicos y sociales son muchos, agrega el académico de la UAM. No obstante, México tiene que tomar una decisión “para preservar la soberanía energética”. Otro factor que seguramente se tomará en cuenta, considera, es que este tipo de proyectos podría atraer inversión extranjera en un momento en que México se posiciona como un destino estratégico.

¿Abrirse al fracking?
El planteamiento apunta a que si se logra elevar la producción nacional a niveles cercanos a la demanda total, se podría revertir la dependencia externa en este energético, para ello, el Gobierno federal dio a conocer un ambicioso plan a 10 años para incrementar en al menos 261 por ciento la producción de gas natural.

Desde Palacio Nacional, el Gabinete de Energía, particularmente el director de Pemex, Víctor Rodríguez Padilla, indicó que el plan busca aprovechar los recursos disponibles en el país. A su vez, señaló que México cuenta con importantes reservas de gas natural que no han sido plenamente explotadas, en un contexto de creciente consumo interno. Se trata de yacimientos convencionales y no convencionales. También mencionó que, aunque México dispone de fuentes primarias de energía, el gas natural no se aprovecha en su totalidad.

“El gas natural es un insumo estratégico para el país. Como lo ha señalado la Presidenta, la energía no es una mercancía común y corriente, sino un elemento estratégico para el crecimiento”, afirmó por su parte Luz Elena González Escobar, titular de la Secretaría de Energía (Sener).

Respecto a la ubicación de los recursos, la Secretaria de Energía detalló que el gas convencional se encuentra principalmente en el sur de la República, en la región del Golfo de México, particularmente en Veracruz; así como en la cuenca de Sabinas-Burro-Picachos, al norte. En tanto, el gas en aguas profundas se localiza en el Golfo.

En ese contexto, la Presidenta explicó que mientras el gas convencional se encuentra en yacimientos concentrados donde puede extraerse mediante la presión natural, el gas no convencional está atrapado en formaciones rocosas, lo que requiere técnicas como la perforación horizontal y la inyección de agua con arena para liberarlo.

Si se acepta dicho plan para aprovechar esos yacimientos, la meta sería pasar de una producción de dos mil 300 millones de pies cúbicos diarios —registrada en 2025— a ocho mil 310 millones de pies cúbicos diarios hacia 2035, esto mediante el aprovechamiento de yacimientos convencionales y no convencionales localizados principalmente en el Golfo de México y otras cuencas del país.

Dicho plan, mismo que no es nuevo, sino que ha sido considerado desde el Plan de Energía 2024-2030, contempla un crecimiento gradual de la producción. Para 2026, se prevé que la producción base de Pemex aumente a dos mil 756 millones de pies cúbicos diarios. Para 2028, se estima alcanzar tres mil 903 millones de la producción base, más 278 millones provenientes de yacimientos convencionales y 279 millones adicionales de geología compleja.

Al respecto la Presidenta Claudia Sheinbaum informó que desde hace varios meses un equipo técnico ha revisado experiencias internacionales, incluyendo visitas a Texas, Canadá y California, con el objetivo de analizar nuevas tecnologías para la extracción de gas no convencional que reduzcan los impactos ambientales.

Entre los avances identificados, mencionó el uso de sustancias menos agresivas —incluso de origen orgánico—; así como alternativas como el reciclaje de agua, el uso de agua salada o no potable; y el aprovechamiento de agua proveniente de minas, algo que permitiría disminuir el consumo de recursos hídricos.

No obstante, enfatizó que cualquier decisión deberá sustentarse en evidencia científica, por lo que, anunció la creación de un comité integrado por especialistas en agua, cambio climático y otras áreas, que evaluará la viabilidad de estas tecnologías.

Sheinbaum adelantó que el comité será presentado en los próximos días y que trabajará durante al menos dos meses, a fin de emitir una recomendación técnica que determine si es factible avanzar en la explotación de gas no convencional bajo criterios de sustentabilidad.

«México debe garantizar su soberanía y la soberanía, una parte fundamental es la soberanía energética”, reiteró la mandataria el pasado 9 de abril.
—¿Se estaría planteando un tema de soberanía energética a cualquier costo?—le cuestionaron a la mandataria durante la conferencia.

—No, por eso es, a ver, toda mi vida hablé en contra del fracking tradicional. No, ese no. Son nuevas tecnologías de explotación con menores impactos ambientales que nos abren la posibilidad de utilizar ese gas— destacó.

Y es que, la Presidenta aunque lanzó la disyuntiva ha dejado en claro dos cosas: No buscarán el fracking tradicional y en caso de decir explotar el gas, no se hará con concesiones o contratos privadas a empresas externas o privadas.

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